Un cuento mío en No-retornable. Además el número está muy bueno, un dossier sobre literatura e internet, una entrevista a Romina Doval que lee un fragmento de su nueva novela Desencanto y otras mil cosas interesantes. El link de la revista lo tienen la parte de enlaces, y el directo para ir a mi cuento, acá
http://www.no-retornable.com.ar/v4/contate_algo/galettini.html
let it go -the smashed word broken open vow or the oath cracked length wise-let it go it was sworn to go
martes, 24 de noviembre de 2009
miércoles, 18 de noviembre de 2009
Un cuento mío en Poe +
Por el momento, al menos, como adelanto en el blog de la revista. Aclaro: se llama "El llamado", y no "La llamada", para que no me hagan ningún juicio los de la película...
Pueden verlo en
http://revistadigitalpoeymas.blogspot.com/2009/10/adelantos-para-el-numero-tres-de-poe.html
Pueden verlo en
http://revistadigitalpoeymas.blogspot.com/2009/10/adelantos-para-el-numero-tres-de-poe.html
viernes, 2 de octubre de 2009
Novela en búsqueda de editor...
DOS
Entra
con la caja de chocolates y se queda un instante en el rellano de la
puerta, mirando hacia el grupo, que está de nuevo sentado en los
sillones. La mujer de pelo ondulado recién está entrando:
seguramente acaba de salir a fumar. Se la nota con frío. Le gusta
cómo está vestida, esa elegancia innata que tienen algunas mujeres,
aunque ella no se pondría tanto maquillaje. Según escuchó es
productora de teatro o esposa de un productor, no está segura. La ve
sentarse al lado de la rubia de las operaciones, el único espacio
libre. Pobre, piensa. Abre la caja en la mesa grande, y ya con los
chocolates a la vista se acerca. Un bombón seguro que ayuda a
soportar a la Rubia Operada.
—No
sé bien, pero es como que las cataratas te limpian, ¿viste? —dice
la mujer de pelo ondulado—. Estás parada ahí y te limpian. Por
eso me gustó la idea de venir acá. No es sólo encerrarse a
escribir, es también conectarse con la naturaleza. Yo de escribir,
cero, aunque vos sabés que leer me encanta.
—¿Un
chocolate? —dice ella.
—Ay
sí, pero uno solo, no me dejes comer más —dice
la Rubia Operada—. Vos
tenés que ver lo que lee esta mujer —y
señala a la de pelo ondulado,
que baja la vista con humildad—. No hay libro que le dure. Y
las anécdotas que cuenta. —Otra vez el tintineo de las pulseras—.
No sabés, es como que estás ahí, viviéndolas vos. Contale eso que
me contaste a mí, la excursión.
La
mujer de pelo ondulado la mira a ella, como esperando una
confirmación. Es la esposa de un productor de teatro, ahora se
acuerda. Ana sigue pasando la caja de chocolates, a su madre, a la
viejita, que está más cerca.
—Fue
así —dice la Esposa del Productor, y le cuenta, con lujo de
detalles cada uno de los preparativos para su viaje a Cataratas, y
cómo, cuando todo estaba listo llamó de la nada el gerente del
hotel; porque sí, no llamó cualquiera, sino el gerente: problemas
con las reservas.
—Imaginate
—le dice la Esposa del Productor, mientras con las dos manos se
recoge la enorme mata de pelo ondulado, y Ana pone su mejor cara de
estar imaginando—. Me puse como loca, a esa altura ya no íbamos a
conseguir lugar en otro lado.
Se
resigna y deja la caja de chocolates en el medio de la mesa ratona,
que cada uno se lleve el suyo. La Rubia Operada parece haberse
aburrido de la historia de su amiga y habla con la viejita, que la
escucha con su plácida sonrisa. Realmente parece haberse escapado de
algún cuento de hadas.
Ana se da cuenta de que no le queda más remedio que escuchar hasta
el final el relato de la Esposa del Productor. Se sienta.
—Encantados,
claro —dice la Esposa del Productor—. Nada menos que la suite
presidencial, imaginate.
Ella
también está encantada, porque ahí tiene que terminar la cosa,
pero no, parece que recién empieza: el viaje, el retraso del avión,
la valija que no aparecía. Busca a Juan con la mirada, tal vez él
la puede rescatar. Juan le habla con amabilidad al Gordo Barbudo. Dos
buenos espíritus afines que han logrado encontrarse.
La
Esposa del Productor le cuenta que en realidad todo había sido un
plan cósmico (porque ella cree en esas cosas, y claro, ¿quién no
va a creer en algo así? Hay que estar loco para no creerlo en una
situación como ésa, cuando es evidente); un plan cósmico para que
ella conociera primero las cataratas de noche, a la luz de la luna y,
recién después de día. Porque la experiencia es única, de noche
hay una magia, una fuerza que no puede existir de día. Seguro porque
las fuerzas nocturnas son distintas: más misteriosas, más extrañas.
—Vos
me entendés —le dice, y por suerte está tan convencida de que la
entiende que ella no tiene que hacer ningún esfuerzo.
—¿De
qué hablan? —dice su madre.
Se
acercó de golpe y por un segundo Ana ve que todo va a volver a
empezar: “Resulta que queríamos ir a Cataratas y...”
—De
lo mágico que es conocer primero un lugar de noche y lo diferente
que es verlo de día —es la Rubia Operada, que vuelve a la
conversación como si nunca se hubiera ido.
—Le
contaba a tu hija de cuando conocí las Cataratas del Iguazú
—Ah
—dice su madre—. A mí también me pasó algo así, acá mismo,
con el lago —se queda callada y de golpe se le ilumina la cara—.
¿Por qué no lo hacemos?
—¿Hacer
qué? —pregunta Humberto, que viene por un chocolate.
—Ir
a conocer el lago —dice su madre.
—Ay
sí —dice la Rubia Operada.
—¿Ahora?
—dice Ana.
—¿Por
qué no? —responde su madre.
Juan
se acerca.
—Quieren
ir al lago —le dice ella—. Ahora.
—Pero
si acaban de llegar, tienen tiempo de sobra.
—No,
no —dice su madre—. Esa es la gracia, verlo ahora, de noche, por
primera vez. Después no es lo mismo. Es una experiencia excelente
para escribir.
—Estuvo
lloviendo estos días —dice ella—, está todo embarrado.
—A
quién le importa un poco de barro, Anita. Si nos interesara
quedarnos sentados siempre al lado del fuego, habríamos hecho el
taller en Buenos Aires, ¿no?
—Renata,
no tenemos muchas linternas —dice Juan.
—Con
la luna que hay se ve perfecto. ¿Qué les parece? Una excursión
antes de irnos a la cama: vemos el lago a la noche y después de día,
y así lo usamos como ejercicio de escritura, marcar las diferencias.
Es una excelente manera de ir entrando en clima...
La
viejecita del cuento de hadas dice que sí con la cabeza con tanto
entusiasmo que parece uno de esos perritos que ponen en los taxis. El
Gordo Barbudo y Marisa no parecen muy felices con la idea.
—Si
querés los lleva Juan —dice Ana—. Y yo me quedo acá con los que
prefieren quedarse.
—No,
no —dice su madre—, vos no entendés cómo funciona un taller.
Tenemos que ir todos; si no, es un desastre.
Ana
lo mira a Juan, que se encoge de hombros, resignado.
—Voy
a buscar las camperas —dice.
Ella
junta los envoltorios de chocolate. “Ya empezamos bien”. Y los
lleva a la cocina.
miércoles, 23 de septiembre de 2009
Un día sólo para vos
Trataba de no creerle a su hermano; Lucas siempre estaba metiéndole miedo. “Hay que ver si salís vivo de judo, como para disfrutar de tu fiestita de cumpleaños”, le había dicho esa vez, cuando volvían de la escuela. Su hermano iba a judo hacía más de un año. Él apenas si había empezado hacía unos meses.
—¿Por qué?, ¿qué me va a pasar? —terminó preguntando él, aunque sabía que lo mejor habría sido no decir nada.
Lucas se rió, y se lo quedó mirando como si no estuviera seguro de si contarle o no. Él se encogió de hombros.
—Seguro que son cuentos tuyos —dijo y siguió caminando.
—Cuando llegue tu cumpleaños vamos a ver si son cuentos o no.
Como él no le contestó nada, al final Lucas siguió:
—Cuando es el cumpleaños de alguno, lo tiran la cantidad de años que cumple. Y el último es el profesor, que siempre te hace volar por el aire.
De golpe vio a ese hombre grandote agarrándolo y haciéndolo casi tocar el techo al tirarlo. Y se vio cayendo todo despatarrado sobre el tatami, que para ser una gran colchoneta era bastante dura. ¿Dolería romperse el cuello, o era cosa de un segundo, como cuando uno partía una rama seca? No quiso que Lucas lo viese asustado.
—No les digo que es mi cumpleaños y listo —dijo.
—Mirá que sos tarado, eh —le contestó Lucas—. ¿No te acordás que a mamá le preguntaron la fecha cuando te anotaste?
Él se encogió de hombros, como diciendo que no le importaba, pero desde ese día tuvo miedo de que llegase su cumpleaños. Y aunque antes había estado tan contento porque le habían prometido una fiesta con mago y todo, como la que había tenido Lucas, ahora no quería ni pensar en lo poco que faltaba.
Al principio, trató de creer que todo había sido un invento de su hermano y que no hacían nada en judo cuando uno cumplía años. Pero la semana en que Lucas le había dicho lo que iba a pasar, fue el turno de otro chico y ahí él vio cómo era. Se paraban todas las actividades. El profesor anunciaba quién cumplía años y cuántos, y después todos los otros se ponían en fila, y a medida que tiraban al cumpleañero contaban en voz alta el número de caídas. El último lance lo hacía el profesor. Él vio cómo se acercaba despacio al chico, lo agarraba de las solapas y después de decirle algo en voz baja, lo tiraba. Era un lance que no conocía. El chico dio como una vuelta rara y cayó. Se levantó en seguida, mitad sonriente, mitad mareado, mientras el resto aplaudía. Aunque al chico apenas si lo había visto un par de veces, se le acercó para preguntarle qué le había dicho el profesor antes de tirarlo. Pero el otro sólo se sonrió y le dijo:
—Es un secreto. Cuando te toque vas a saber.
Como no supo qué contestarle, dijo que sí con la cabeza y fue a cambiarse. En la puerta del vestuario su hermano lo agarró del brazo:
—Éste tuvo suerte y se salvó —le dijo, al oído—. Pero porque él sabe caer bien, en cambio vos...
Él se soltó dando un tirón y entró al vestuario. ¿Y qué quería Lucas? Su hermano hacía mucho que iba, pero él apenas si estaba empezando y además, a él no le gustaba el judo. Hubiera preferido hacer cualquier otro deporte. Por eso tampoco le importaba mucho si le ganaban o no una lucha. Los otros chicos eran más grandes también, así que de última... Lucas igual siempre le decía que tenía suerte de que no fuese una clase mixta porque si no seguro que las nenas también le ganaban.
Cuando sólo faltaba una semana para su cumpleaños, las cosas se pusieron peor. No podía ni oír hablar de su fiesta que ya le agarraba un nudo en el estómago. No comió mucho esa semana, y su mamá se dio cuenta.
—Pero ¿qué te pasa? —le preguntó el domingo— ¿Te sentís mal? —él dijo que no con la cabeza— ¿No estas contento con la fiesta? Va ser como vos querías, igual a la que tuvo Lucas el año pasado; el mismo mago y todo. Va a ser un día sólo para vos, ¿por qué no estas contento?
Se quedó callado. Habría dado cualquier cosa por que su mamá dejase de hablar del cumpleaños.
—Dejalo —dijo su papá, que había escuchado todo detrás del diario que estaba leyendo—. Debe estar ansioso nomás. Ya se le va a pasar.
Por suerte su mamá no volvió a insistir. Al día siguiente Lucas se enfermó y todos estaban muy ocupados como para darse cuenta de que él casi no comía. De la fiesta no se volvió a hablar, excepto para decir que ojalá su hermano ya estuviese bien ese jueves. Para él fue un alivio. Era la primera vez que se alegraba de que Lucas se pusiese tan insoportable cuando se enfermaba. Era una angina lo que tenía, nomás, pero parecía que se iba a morir por cómo se portaba. Todos le seguían el juego y corrían de acá para allá. Pero con tal de que no hablasen de su cumpleaños, él estaba contento.
Enfermo y todo, Lucas no dejó de recordarle lo que iba a pasar en judo. El miércoles a la tarde estaban mirando televisión y pasaron uno de esos flash informativos sobre un tipo que no podía ni mover las piernas ni los brazos por un accidente, y que había dado mucha plata para la investigación de nuevas operaciones.
—Así vas a quedar vos —le dijo Lucas—. Si el profe no te mata, claro.
De golpe se imaginó como el hombre de la tele, tomando agua por una pajita que le sostenían y babeándose todo. Hasta ese momento no se le había ocurrido que había algo intermedio entre salvarse y morirse.
—Aunque por ahí tenés suerte —seguía Lucas—, y te deja paralítico nomás.
Después llegó su mamá con la bandeja de la leche y Lucas no volvió a hacer ningún comentario. Él igual no se pudo sacar la imagen de la cabeza y cuando su mamá les apagó la luz a la noche, tuvo miedo de cerrar los ojos, porque lo único que veía era al tipo de la tele. En algún momento debió quedarse dormido, y cuando se despertó a la mañana siguiente lo primero que pensó fue: “es hoy”. Y en seguida sintió el nudo en la panza. Al rato apareció su mamá con la bandeja del desayuno para él y para Lucas. Después vinieron los regalos: un buzo, el CD que él quería y un muñeco del anime que le gustaba.
—El muñeco te lo eligió tu hermano —le dijo su mamá.
Lucas se encogió de hombros.
—Como se la pasa hablando de ese dibujito idiota...
Le hubiera gustado contestarle que si le parecía tan idiota por qué siempre se sentaba a mirarlo, pero no era cuestión de pelearse en ese momento. Después, por suerte, dejaron de darle importancia a eso del cumpleaños, porque Lucas volvía al colegio después de tres días de quedarse en casa. Su mamá le tomaba la temperatura cada dos minutos y repetía, mientras lo abrigaba, que se cuidase en la escuela.
Ya en el colegio, trató de concentrarse, pero no pudo. La imagen del tipo de la tele se le mezclaba con las cuentas y los afluentes del río Bermejo. Cuando tocaba el timbre, salía corriendo al patio, y seguía corriendo hasta que la maestra los llamaba para que entrasen. Era lindo correr y sentir el viento frío en la cara.
En la vuelta a casa, Lucas tampoco lo dejó tranquilo.
—Disfrutá las ultimas horas de vida —le decía— porque después...
Él no contestaba, así por ahí conseguía que se callase.
—Bueno, a lo mejor te salvás. Si te concentrás bien y tratás de no caer tan mal como siempre, por ahí nomás te quebrás las piernas.
Él se encogió de hombros:
—Cuando vos te rompiste el brazo tuviste el yeso un mes, nomás —le dijo.
—Sos tarado, eh. Cuando te quebrás las piernas así, de una caída como la que vas a tener, no alcanza con yeso. Seguro que te tienen que operar. Y después no vas a volver a caminar como antes; lo más probable es que te queden las piernas chuecas y ya no puedas correr.
Se miró las piernas. Y él que estaba tan orgulloso de ser el que corría más rápido del grado... Ese día le había ganado a todos en las carreras. Si no podía correr, mejor quedar en sillas de ruedas y listo.
—Igual no te preocupes —le dijo Lucas poniéndole la mano en el hombro—. Seguro que vas a caer tan mal que te mata al toque...
Él le sacó con bronca la mano del hombro y no habló el resto del camino.
Durante el almuerzo no pudo comer nada, faltaban dos horas y media para que se fuesen a judo, y no había manera de zafar. Si decía algo Lucas se iba a dar cuenta de que tenía miedo, y de todas formas su mamá no lo iba a dejar quedarse. Por eso se alegró cuando ella dijo que Lucas no podía hacer esfuerzo todavía, así que a judo no iba a ir; y a pesar de que su hermano protestó, no hubo nada qué hacer. Él pensó, entonces, que también se iba a quedar en casa.
—Pero si yo no voy, ¿quién lo lleva a éste? —dijo Lucas.
—Bueno, de última que él tampoco vaya —dijo su mamá y en ese momento tuvo ganas de ir y darle un beso enorme.
—Pero no —dijo Lucas—, cómo no va a ir, si en judo siempre festejan los cumpleaños. Y es a la esquina que tiene que ir nomás —y lo miró a él, sonriendo. Su mamá también lo miró.
—Ya estás tan grande —le dijo y lo abrazó—. Está bien, así de paso puedo terminar tranquila. Con lo ansioso que es seguro que me va a estar encima todo el tiempo. Andá, pero no des vueltas, eh. Andate directo al gimnasio.
Él dijo que sí con la cabeza. Ya no había nada que hacer. Se puso el piloto, agarró un paraguas y después de escuchar todas las recomendaciones de su mamá, salió. En dos minutos llegó al gimnasio y se cambió. Cuando pisó el tatami el corazón le latía con más fuerza, aunque sabía que no iba a pasar en ese momento. La otra vez el “festejo” había sido casi sobre el final de la clase. Igual, cuando terminaron con el calentamiento, el profesor dijo: “Bueno, y ahora...” e hizo una pausa. Él sintió que el corazón le latía muy, muy fuerte y tuvo unas ganas terribles de vomitar. Pero era apenas que iban a aprender un lance nuevo. Y aunque no le salió bien ni una sola vez, el profesor no le dijo nada. Seguro que le tenía consideración por lo que iba a venir después.
Se formaron para hacer el saludo al final de la clase. ¿Tan rápido había pasado? Algo confundido siguió a los otros cuando rompieron la fila para irse al vestuario. Entonces escuchó la voz del profesor que lo llamaba. El hombre le sonreía. No era raro: cuando había avisado el cumpleaños del otro chico también sonreía. Seguro que le gustaban esas cosas: tirar a los alumnos por el aire y ver si se salvaban o no. Respiró profundo y se acercó. No iba a dejar que se diera cuenta del miedo que tenía. Cuando estuvo a dos pasos, el profesor le puso la mano en el hombro y todavía sonriendo dijo:
—¿Qué pasó con tu hermano que hoy no vino?
Él se quedó esperando algo más. Contra la ventana golpeaban las gotas de lluvia. En el tatami no había nadie, todos los otros estaban en el vestuario. Ya no quedaba nada que esperar. Con bronca sacó la mano que se apoyaba en su hombro, se dio vuelta, y casi corriendo agarró sus cosas y se fue. En la puerta de su casa ya habían pegado el cartel del cumpleaños. De un tirón arrancó la parte que tenía su nombre y lo hizo un bollo. Después entró y sin contestarle a Lucas que le preguntó cómo le había ido, fue a prepararse para la fiesta.
—¿Por qué?, ¿qué me va a pasar? —terminó preguntando él, aunque sabía que lo mejor habría sido no decir nada.
Lucas se rió, y se lo quedó mirando como si no estuviera seguro de si contarle o no. Él se encogió de hombros.
—Seguro que son cuentos tuyos —dijo y siguió caminando.
—Cuando llegue tu cumpleaños vamos a ver si son cuentos o no.
Como él no le contestó nada, al final Lucas siguió:
—Cuando es el cumpleaños de alguno, lo tiran la cantidad de años que cumple. Y el último es el profesor, que siempre te hace volar por el aire.
De golpe vio a ese hombre grandote agarrándolo y haciéndolo casi tocar el techo al tirarlo. Y se vio cayendo todo despatarrado sobre el tatami, que para ser una gran colchoneta era bastante dura. ¿Dolería romperse el cuello, o era cosa de un segundo, como cuando uno partía una rama seca? No quiso que Lucas lo viese asustado.
—No les digo que es mi cumpleaños y listo —dijo.
—Mirá que sos tarado, eh —le contestó Lucas—. ¿No te acordás que a mamá le preguntaron la fecha cuando te anotaste?
Él se encogió de hombros, como diciendo que no le importaba, pero desde ese día tuvo miedo de que llegase su cumpleaños. Y aunque antes había estado tan contento porque le habían prometido una fiesta con mago y todo, como la que había tenido Lucas, ahora no quería ni pensar en lo poco que faltaba.
Al principio, trató de creer que todo había sido un invento de su hermano y que no hacían nada en judo cuando uno cumplía años. Pero la semana en que Lucas le había dicho lo que iba a pasar, fue el turno de otro chico y ahí él vio cómo era. Se paraban todas las actividades. El profesor anunciaba quién cumplía años y cuántos, y después todos los otros se ponían en fila, y a medida que tiraban al cumpleañero contaban en voz alta el número de caídas. El último lance lo hacía el profesor. Él vio cómo se acercaba despacio al chico, lo agarraba de las solapas y después de decirle algo en voz baja, lo tiraba. Era un lance que no conocía. El chico dio como una vuelta rara y cayó. Se levantó en seguida, mitad sonriente, mitad mareado, mientras el resto aplaudía. Aunque al chico apenas si lo había visto un par de veces, se le acercó para preguntarle qué le había dicho el profesor antes de tirarlo. Pero el otro sólo se sonrió y le dijo:
—Es un secreto. Cuando te toque vas a saber.
Como no supo qué contestarle, dijo que sí con la cabeza y fue a cambiarse. En la puerta del vestuario su hermano lo agarró del brazo:
—Éste tuvo suerte y se salvó —le dijo, al oído—. Pero porque él sabe caer bien, en cambio vos...
Él se soltó dando un tirón y entró al vestuario. ¿Y qué quería Lucas? Su hermano hacía mucho que iba, pero él apenas si estaba empezando y además, a él no le gustaba el judo. Hubiera preferido hacer cualquier otro deporte. Por eso tampoco le importaba mucho si le ganaban o no una lucha. Los otros chicos eran más grandes también, así que de última... Lucas igual siempre le decía que tenía suerte de que no fuese una clase mixta porque si no seguro que las nenas también le ganaban.
Cuando sólo faltaba una semana para su cumpleaños, las cosas se pusieron peor. No podía ni oír hablar de su fiesta que ya le agarraba un nudo en el estómago. No comió mucho esa semana, y su mamá se dio cuenta.
—Pero ¿qué te pasa? —le preguntó el domingo— ¿Te sentís mal? —él dijo que no con la cabeza— ¿No estas contento con la fiesta? Va ser como vos querías, igual a la que tuvo Lucas el año pasado; el mismo mago y todo. Va a ser un día sólo para vos, ¿por qué no estas contento?
Se quedó callado. Habría dado cualquier cosa por que su mamá dejase de hablar del cumpleaños.
—Dejalo —dijo su papá, que había escuchado todo detrás del diario que estaba leyendo—. Debe estar ansioso nomás. Ya se le va a pasar.
Por suerte su mamá no volvió a insistir. Al día siguiente Lucas se enfermó y todos estaban muy ocupados como para darse cuenta de que él casi no comía. De la fiesta no se volvió a hablar, excepto para decir que ojalá su hermano ya estuviese bien ese jueves. Para él fue un alivio. Era la primera vez que se alegraba de que Lucas se pusiese tan insoportable cuando se enfermaba. Era una angina lo que tenía, nomás, pero parecía que se iba a morir por cómo se portaba. Todos le seguían el juego y corrían de acá para allá. Pero con tal de que no hablasen de su cumpleaños, él estaba contento.
Enfermo y todo, Lucas no dejó de recordarle lo que iba a pasar en judo. El miércoles a la tarde estaban mirando televisión y pasaron uno de esos flash informativos sobre un tipo que no podía ni mover las piernas ni los brazos por un accidente, y que había dado mucha plata para la investigación de nuevas operaciones.
—Así vas a quedar vos —le dijo Lucas—. Si el profe no te mata, claro.
De golpe se imaginó como el hombre de la tele, tomando agua por una pajita que le sostenían y babeándose todo. Hasta ese momento no se le había ocurrido que había algo intermedio entre salvarse y morirse.
—Aunque por ahí tenés suerte —seguía Lucas—, y te deja paralítico nomás.
Después llegó su mamá con la bandeja de la leche y Lucas no volvió a hacer ningún comentario. Él igual no se pudo sacar la imagen de la cabeza y cuando su mamá les apagó la luz a la noche, tuvo miedo de cerrar los ojos, porque lo único que veía era al tipo de la tele. En algún momento debió quedarse dormido, y cuando se despertó a la mañana siguiente lo primero que pensó fue: “es hoy”. Y en seguida sintió el nudo en la panza. Al rato apareció su mamá con la bandeja del desayuno para él y para Lucas. Después vinieron los regalos: un buzo, el CD que él quería y un muñeco del anime que le gustaba.
—El muñeco te lo eligió tu hermano —le dijo su mamá.
Lucas se encogió de hombros.
—Como se la pasa hablando de ese dibujito idiota...
Le hubiera gustado contestarle que si le parecía tan idiota por qué siempre se sentaba a mirarlo, pero no era cuestión de pelearse en ese momento. Después, por suerte, dejaron de darle importancia a eso del cumpleaños, porque Lucas volvía al colegio después de tres días de quedarse en casa. Su mamá le tomaba la temperatura cada dos minutos y repetía, mientras lo abrigaba, que se cuidase en la escuela.
Ya en el colegio, trató de concentrarse, pero no pudo. La imagen del tipo de la tele se le mezclaba con las cuentas y los afluentes del río Bermejo. Cuando tocaba el timbre, salía corriendo al patio, y seguía corriendo hasta que la maestra los llamaba para que entrasen. Era lindo correr y sentir el viento frío en la cara.
En la vuelta a casa, Lucas tampoco lo dejó tranquilo.
—Disfrutá las ultimas horas de vida —le decía— porque después...
Él no contestaba, así por ahí conseguía que se callase.
—Bueno, a lo mejor te salvás. Si te concentrás bien y tratás de no caer tan mal como siempre, por ahí nomás te quebrás las piernas.
Él se encogió de hombros:
—Cuando vos te rompiste el brazo tuviste el yeso un mes, nomás —le dijo.
—Sos tarado, eh. Cuando te quebrás las piernas así, de una caída como la que vas a tener, no alcanza con yeso. Seguro que te tienen que operar. Y después no vas a volver a caminar como antes; lo más probable es que te queden las piernas chuecas y ya no puedas correr.
Se miró las piernas. Y él que estaba tan orgulloso de ser el que corría más rápido del grado... Ese día le había ganado a todos en las carreras. Si no podía correr, mejor quedar en sillas de ruedas y listo.
—Igual no te preocupes —le dijo Lucas poniéndole la mano en el hombro—. Seguro que vas a caer tan mal que te mata al toque...
Él le sacó con bronca la mano del hombro y no habló el resto del camino.
Durante el almuerzo no pudo comer nada, faltaban dos horas y media para que se fuesen a judo, y no había manera de zafar. Si decía algo Lucas se iba a dar cuenta de que tenía miedo, y de todas formas su mamá no lo iba a dejar quedarse. Por eso se alegró cuando ella dijo que Lucas no podía hacer esfuerzo todavía, así que a judo no iba a ir; y a pesar de que su hermano protestó, no hubo nada qué hacer. Él pensó, entonces, que también se iba a quedar en casa.
—Pero si yo no voy, ¿quién lo lleva a éste? —dijo Lucas.
—Bueno, de última que él tampoco vaya —dijo su mamá y en ese momento tuvo ganas de ir y darle un beso enorme.
—Pero no —dijo Lucas—, cómo no va a ir, si en judo siempre festejan los cumpleaños. Y es a la esquina que tiene que ir nomás —y lo miró a él, sonriendo. Su mamá también lo miró.
—Ya estás tan grande —le dijo y lo abrazó—. Está bien, así de paso puedo terminar tranquila. Con lo ansioso que es seguro que me va a estar encima todo el tiempo. Andá, pero no des vueltas, eh. Andate directo al gimnasio.
Él dijo que sí con la cabeza. Ya no había nada que hacer. Se puso el piloto, agarró un paraguas y después de escuchar todas las recomendaciones de su mamá, salió. En dos minutos llegó al gimnasio y se cambió. Cuando pisó el tatami el corazón le latía con más fuerza, aunque sabía que no iba a pasar en ese momento. La otra vez el “festejo” había sido casi sobre el final de la clase. Igual, cuando terminaron con el calentamiento, el profesor dijo: “Bueno, y ahora...” e hizo una pausa. Él sintió que el corazón le latía muy, muy fuerte y tuvo unas ganas terribles de vomitar. Pero era apenas que iban a aprender un lance nuevo. Y aunque no le salió bien ni una sola vez, el profesor no le dijo nada. Seguro que le tenía consideración por lo que iba a venir después.
Se formaron para hacer el saludo al final de la clase. ¿Tan rápido había pasado? Algo confundido siguió a los otros cuando rompieron la fila para irse al vestuario. Entonces escuchó la voz del profesor que lo llamaba. El hombre le sonreía. No era raro: cuando había avisado el cumpleaños del otro chico también sonreía. Seguro que le gustaban esas cosas: tirar a los alumnos por el aire y ver si se salvaban o no. Respiró profundo y se acercó. No iba a dejar que se diera cuenta del miedo que tenía. Cuando estuvo a dos pasos, el profesor le puso la mano en el hombro y todavía sonriendo dijo:
—¿Qué pasó con tu hermano que hoy no vino?
Él se quedó esperando algo más. Contra la ventana golpeaban las gotas de lluvia. En el tatami no había nadie, todos los otros estaban en el vestuario. Ya no quedaba nada que esperar. Con bronca sacó la mano que se apoyaba en su hombro, se dio vuelta, y casi corriendo agarró sus cosas y se fue. En la puerta de su casa ya habían pegado el cartel del cumpleaños. De un tirón arrancó la parte que tenía su nombre y lo hizo un bollo. Después entró y sin contestarle a Lucas que le preguntó cómo le había ido, fue a prepararse para la fiesta.
Cuento publicado en el número de septiembre (2009) de la revista Literarte. Forma parte, con algunas modificaciones del libro Lo único importante en el mundo (editorial El fin de la noche)
http://revistaliterartedigital.blogspot.com/2009/09/azucena-galettini-buenos-aires.html
martes, 25 de agosto de 2009
Absurdo como Batman contra Superman: cuento versus novela
El otro día estaba en una charla que había organizado Eterna Cadencia con Samanta Schweblin, Mariana Enríquez y Sonia Budassi, y salió el tema de si las cuentistas sentían la presión de escribir una novela. Curiosamente, la primera en contestar fue la que podría ser denominada como “novelista” porque hasta ahora publicó dos novelas: Mariana Enríquez, que contó que en noviembre va a salir su libro de cuentos y que, en líneas generales, cuando comentaba que estaba por sacar su primer libro de cuentos la respuesta solía ser “¿pero te parece?, ¿después de haber publicado dos novelas, pasar a cuento?” Era algo así como irse a la B... Samanta Schweblin contó que los que ahora son sus agentes se negaban a leerla hasta que no tuviera una novela (por suerte se resignaron, la leyeron y le ofrecieron un contrato). Ya en las entrevistas cuando ganó el premio de Casa de las Américas por Pájaros en la boca, Schweblin contaba que muchos la trataban como una “promesa de novelista”, como alguien que en algún momento “se iba a tomar en serio eso de escribir y iba a publicar una novela”. Más allá del absurdo de que en un país de grandes cuentistas como es Argentina no se valore el género, yo creo que el tema no pasa por una cuestión de jerarquías en cuanto a la habilidad que requiere escribir una u otra cosa. La verdad es que no creo que sinceramente nadie piense que un novelista es “más escritor” que un cuentista, me parece que el tema pasa por una cuestión de mercado: se considera que la novela vende más, por lo tanto se busca que se generen más novelas. Y sí, imagino que la novela debe vender más (calculo que las librerías y las editoriales hacen números y no sacan conclusiones del tipo “esto vende más que aquello” preguntándole a chamanes), pero el tema pasa por creer que hay algo intrínseco en la novela que hace que se venda más, o mejor dicho, que hay algo intrínseco en el cuento que de por sí hace que se venda menos. Para mí es todo un terrible error de marketing, porque al fin de cuentas, en un mundo que tiende cada vez menos a la lectura de ficción y que vive cada vez más aceleradamente, el cuento es algo así como el género ideal. Las veces que discutí esto con otra gente que escribe, las conclusiones más interesantes apuntaban a que la novela ofrece un mundo cerrado en sí, que se arma de a poco y que uno puede interrumpir varias veces pero que es posible volver con poco esfuerzo, porque ya está construido el universo ficcional y volver es fácil. En el libro de cuentos, en cambio, cada cuento es un universo en sí, y hay que hacer el esfuerzo de armarse en poco tiempo y en poco espacio ese mundo, para después tener que volverlo a hacer con el siguiente y así. La hipótesis es interesante, pero olvida algunas cosas: por un lado que un buen libro de cuentos no es una colección de relatos dispares, sino que en sí construye un mismo universo, y hay cierta conexión interna que aunque uno no la pueda definir, la siente; si el escritor hizo bien su trabajo, entrar en el universo de cada cuento no es tan complicado como entender las primeras escenas de Memento (y a Memento le fue bien, ¿o no?). Por otro lado, esa hipótesis está muy pensada desde alguien que en el fondo es de leer mucho. A mí me encanta la novela porque aun cuando no se trate de una trama con intriga, hay algo que me impulsa a seguir leyendo o a volver a la lectura para saber cómo termina la historia, con el cuento (género que amo por otras cuestiones) eso se termina rápido; pero sé que esa manera de pensar sirve para alguien que vive con la nariz en un libro y que cuando empieza un libro lo termina (esto último no siempre es una virtud, créanme). ¿Pero cuánta gente tiene novelas que se compra, empieza y jamás lee? Ya sé, a las editoriales y a las librerías esas minucias no les importa, lo que les importa es que la gente COMPRE el libro, si después lo puede recitar de memoria o nunca lo abre queda entre el comprador y su consciencia... Pero cuando digo que todo es un error de marketing es que precisamente las editoriales (grandes, las chicas creo que tienen la inteligencia suficiente para ver el enorme vacío que las grandes les dejan y hacia allí apuntan) y las librerías no se dan cuenta lo MUCHO que podrían vender si empezaran a ponerle un par de fichas al cuento. Al ser un género más corto, el cuento se adapta perfectamente al viaje en colectivo, subte o tren, al tiempo de la sala de espera de cualquier consultorio, a la cola interminable del supermercado, ayuda con la paciencia mientras se espera a ese eterno/a amigo/a impuntual (hmmm creo que tengo que empezar a regalarles más libros de cuentos a mis amigos). En fin, las posibilidades son infinitas. Lo mejor es que para alguien que no es de leer mucho tiene dos ventajas: en poco tiempo le puede dar la satisfacción de algo “cumplido”, es decir, la novela necesita que uno la termine para sentir ese orgullo de “terminé”, un libro de cuentos da entre unas 7 y 20 de esas sensaciones y además demuestra que no hace ni siquiera falta sacrificar ese valiosísimo tiempo frente a la pantalla de la televisión o del monitor para poder leer un poco, basta con aprovechar los tiempos muertos de la vida cotidiana.
Para levantarles el ánimo a mis colegas cuentistas, publico aquí las entrevistas de Cuento mi libro sobre dos libros de cuentos recién publicados, oh sorpresa, por una editorial grande (es decir, a no quedarse sólo con las estadísticas): Pájaros en la boca, de Samanta Schweblin y Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza, de Margarita García Robayo. Abajo, si quieren seguir leyendo del tema, hay un enlace con una nota que salió en Página 12 sobre una nueva colección de cuentos que está sacando la Universidad Nacional de la Plata. Como ven, no está muerto quien pelea y según mis fuentes (todos chamanes muy prestigiosos) el siglo XXI le pertenece al cuento... (al cuento o al analfabetismo, los signos no eran muy claros... así que apostémosle al cuento)
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-13334-2009-03-28.html
jueves, 13 de agosto de 2009
Decálogo más uno, para escritores principiantes (del maestro Onetti)
I. No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo.
II. No intenten deslumbrar al burgués. Ya no resulta. Éste sólo se asusta cuando le amenazan el bolsillo.
III. No traten de complicar al lector, ni buscar ni reclamar su ayuda.
IV. No escriban jamás pensando en la crítica, en los amigos o parientes, en la dulce novia o esposa. Ni siquiera en el lector hipotético.
V. No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.
VI. No sigan modas, abjuren del maestro sagrado antes del tercer canto del gallo.
VII. No se limiten a leer los libros ya consagrados. Proust y Joyce fueron despreciados cuando asomaron la nariz, hoy son genios.
VIII. No olviden la frase, justamente famosa: 2 más dos son cuatro; pero ¿y si fueran 5?
IX. No desdeñen temas con extraña narrativa, cualquiera sea su origen. Roben si es necesario.
X. Mientan siempre.
XI. No olviden que Hemingway escribió: "Incluso di lecturas de los trozos ya listos de mi novela, que viene a ser lo más bajo en que un escritor puede caer."
II. No intenten deslumbrar al burgués. Ya no resulta. Éste sólo se asusta cuando le amenazan el bolsillo.
III. No traten de complicar al lector, ni buscar ni reclamar su ayuda.
IV. No escriban jamás pensando en la crítica, en los amigos o parientes, en la dulce novia o esposa. Ni siquiera en el lector hipotético.
V. No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.
VI. No sigan modas, abjuren del maestro sagrado antes del tercer canto del gallo.
VII. No se limiten a leer los libros ya consagrados. Proust y Joyce fueron despreciados cuando asomaron la nariz, hoy son genios.
VIII. No olviden la frase, justamente famosa: 2 más dos son cuatro; pero ¿y si fueran 5?
IX. No desdeñen temas con extraña narrativa, cualquiera sea su origen. Roben si es necesario.
X. Mientan siempre.
XI. No olviden que Hemingway escribió: "Incluso di lecturas de los trozos ya listos de mi novela, que viene a ser lo más bajo en que un escritor puede caer."
miércoles, 12 de agosto de 2009
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